El futuro tiene forma de sirviente
Nos dijeron que las máquinas vendrían a liberarnos de las tareas más pesadas. Y, en buena medida, así ha sido. La historia de la humanidad también es la historia de sus herramientas: desde aquellas que multiplicaron la fuerza de nuestras manos hasta las que hoy amplían nuestra capacidad de pensar. No hay nada sospechoso en querer que la tecnología nos ayude. Lo inquietante empieza cuando, para vendernos esa ayuda, sentimos la necesidad de darle un rostro humano y enseñarle a obedecer.
Miremos cómo imaginamos al robot del futuro. Tiene manos para trabajar, pero también ojos que buscan los nuestros. Tiene voz para informar, pero se le pide que suene complaciente. Está diseñado para ejecutar tareas y, al mismo tiempo, para parecer disponible a cualquier hora, sin cansancio, sin deseos propios, sin posibilidad de decir que no. Ya no contemplamos solo una herramienta: asistimos a la representación de una relación de poder.
Conviene ser precisos. Un robot no es una persona esclavizada. Confundir ambas cosas sería faltar al respeto a quienes sufrieron y sufren formas reales de explotación. Tampoco hay nada censurable, por sí mismo, en fabricar una máquina con brazos y manos si eso le permite desenvolverse en espacios construidos para nosotros. La cuestión no es que una herramienta se parezca físicamente a un ser humano. La cuestión es qué fantasía se añade a ese parecido para hacerla más deseable.
Porque hay una diferencia entre necesitar ayuda y disfrutar de la sumisión. Una máquina que limpia el suelo nos ahorra trabajo. Una máquina presentada como alguien que nos sirve, nos sonríe y acepta cualquier trato sin rechistar promete algo más. No vende únicamente eficacia: vende la experiencia de mandar.
Ahí aparece el consumismo. Cuando la utilidad ya no basta para impulsar una compra, se buscan otros resortes. El producto debe hacernos sentir especiales, poderosos, irresistibles. Se le pone voz, personalidad y cuerpo. Se le programa para halagarnos. Y, si el mercado encuentra compradores para ello, se explora incluso el territorio de la disponibilidad sexual. El límite deja de ser lo que necesitamos y pasa a ser aquello que estamos dispuestos a desear.
No hace falta sostener que una máquina siente dolor para preguntarnos si todo esto nos hace bien. También podemos juzgar una tecnología por los hábitos que fomenta en quienes la utilizan. Si acostumbramos a una persona a recibir atención sin reciprocidad, compañía sin respeto y aceptación sin límites, ¿qué idea de las relaciones estamos cultivando? La pregunta importa especialmente cuando ese artefacto ha sido diseñado para recordarnos a otro ser humano.
Hay, además, una paradoja difícil de ignorar. Mientras soñamos con sirvientes artificiales que nunca descansan, podemos dejar de mirar a las personas que fabrican esos dispositivos, preparan sus datos o realizan las tareas menos visibles que hacen posible su funcionamiento. Quizá el riesgo no sea solo resucitar simbólicamente una vieja fantasía de dominio, sino usar el brillo del futuro para ocultar formas muy presentes de explotación.
No propongo detener la tecnología. Sería absurdo renegar de las herramientas que nos permiten cuidar mejor, trabajar con menos esfuerzo y dedicar más tiempo a lo que da sentido a la vida. Propongo algo más exigente: pensar qué idea de humanidad incorporamos a lo que construimos y a lo que compramos.
Tal vez nos hemos equivocado al preguntarnos qué rostro humano debería tener la inteligencia artificial. No necesita parecerse a nosotros para ayudarnos, ni arrodillarse para demostrar que nos resulta útil. Si hubiera que imaginar una escena para este futuro, preferiría una mesa de trabajo a un trono: una persona que conserva su criterio y una tecnología que le permite mirar más lejos. No se trata de dar humanidad a las máquinas, sino de no perder la nuestra al utilizarlas.
Podemos diseñar máquinas que colaboren con nosotros sin convertir la obediencia en un espectáculo. Podemos valorar su capacidad para resolver problemas sin exigirles una máscara de sumisión. Podemos celebrar el progreso sin aceptar que cualquier deseo, por el mero hecho de encontrar mercado, merece convertirse en producto.
Tal vez esa sea la verdadera pregunta ante el robot humanoide: no cuánto se parece a nosotros, sino a qué versión de nosotros mismos apela. Si el futuro consiste en disponer de mejores herramientas, bienvenido sea. Si consiste en recuperar, con materiales nuevos, el placer antiguo de tener a alguien siempre a nuestros pies, convendría preguntarnos si estamos avanzando o simplemente hemos aprendido a fabricar mejor nuestras sombras.






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