El juego del PSOE ya no es gobernar: es seguir siendo imprescindible
- hace 6 días
- 3 Min. de lectura
Pedro Sánchez ha convertido la política española en una partida de resistencia, pero sería un error pensar que su objetivo es simplemente aguantar. Lo que ha quedado al descubierto en la lectura de Iván Redondo es algo más sofisticado y, a la vez, más inquietante: el PSOE no se está limitando a sobrevivir, sino que está trabajando para seguir siendo la fuerza indispensable de un sistema que vive del conflicto, la fragmentación y la arbitrariedad territorial.
Esa es la clave que explica muchas cosas. Explica por qué Sánchez no rehuye la confrontación, sino que la administra. Explica por qué no le preocupa tanto el desgaste inmediato como la capacidad de reordenar, una y otra vez, el tablero que le permite seguir compitiendo. Y explica, sobre todo, por qué el PSOE no interpreta sus malos resultados como una sentencia, sino como una fase más de una estrategia más larga.
Redondo, que conoce bien el mecanismo interno de esa maquinaria, ha dejado entrever en la Sexta algo esencial: Sánchez no piensa en términos de derrota definitiva, sino de ciclo histórico. El sanchismo no se ve a sí mismo como un gobierno circunstancial, sino como una forma de poder que aspira a volver siempre, aunque sea a costa de forzar la política española hasta sus límites. En 2019 lo hizo cuando nadie creía que pudiera hacerlo. Hoy intenta repetir la operación con otros materiales, pero con la misma lógica.
La primera pata de ese juego es clara: convertir la debilidad en relato de fortaleza. Sánchez no gobierna solo con sus votos, sino con la disposición del país a seguir funcionando pese a todo. Aprovecha la resistencia social, la capacidad de adaptación de los españoles y una cierta resignación comparativa —la idea de que, con todos los problemas, aquí todavía se vive mejor que en escenarios mucho peores— para presentarse como garante de estabilidad. No resuelve necesariamente los problemas; los administra para que no le arrollen.
La segunda pata es territorial. Cataluña no es un accidente en la estrategia del PSOE; es su gran apuesta de reconstrucción. La plurinacionalidad, las cesiones, el lenguaje del encaje y la búsqueda de una mayoría futura pasan por ahí. Sánchez entiende que el PSOE puede perder fuerza en unas comunidades y recuperarla en otras si consigue reordenar el mapa emocional y político del país. Andalucía, en esa lógica, no es una excepción: es un laboratorio. Y lo que ocurra allí puede ser reinterpretado como prueba de que el bloque de izquierdas sigue vivo, aunque fragmentado, y de que la batalla de fondo sigue estando abierta.
La tercera pata es más profunda y más incómoda: el sistema necesita el conflicto tanto como el poder necesita justificar su continuidad. Sánchez sabe que la polarización le favorece porque obliga a todos a moverse en el terreno que él ha elegido. Si la derecha depende de Vox, él puede presentarse como el único moderado real. Si la oposición se reparte entre varios discursos, él ocupa el centro narrativo. Si la política se convierte en una sucesión de urgencias, él aparece como el único capaz de sostener el edificio. Y mientras eso sucede, la corrupción, el desgaste institucional y la fatiga democrática quedan absorbidos en una dinámica superior: la de la permanencia.
Por eso el juego del PSOE es tan difícil de desarmar con la crítica tradicional. No basta con señalar sus contradicciones. No basta con denunciar las cesiones, la táctica o el deterioro institucional. Hay que entender que todo eso forma parte del método. Sánchez no busca cerrar las tensiones; busca vivir dentro de ellas. No aspira a apagar el incendio; aspira a ser el bombero imprescindible.
Ahí está, precisamente, el verdadero desafío para quienes creen en un liberalismo serio, institucional y moderno. No se trata solo de reclamar reglas iguales para todos, sino de explicar que un país no puede vivir permanentemente sometido a una ingeniería de conflicto. No puede aceptar que la gobernabilidad dependa de activar agravios, de premiar la fragmentación o de convertir cada problema en una oportunidad para extender el poder.
El liberalismo debe ofrecer otra idea de país: una España donde la igualdad ante la ley no sea negociable, donde la eficiencia institucional importe más que la épica del bloque, y donde la política no consista en fabricar crisis para vender después soluciones de parte. Porque si algo revela la estrategia de Sánchez es que el sanchismo no se presenta como respuesta al problema español, sino como método para seguir ocupando el poder mientras ese problema permanece.
Ese es el juego. Y ya se ve con claridad. La cuestión ahora es si habrá alguien capaz de disputar no solo las elecciones, sino la lógica misma con la que el PSOE ha decidido seguir jugando.






Comentarios