Las cesiones del Gobierno en Ceuta revelan una política de abandono inaceptable.
Pedro Sánchez y su Gobierno han convertido Ceuta en un ejercicio de contabilidad propagandística: cuántas veces fue Aznar, cuántas veces va el Rey, cuántas veces viaja ahora Sánchez. Pero la pregunta real no es esa. La pregunta es por qué hay que ir tantas veces cuando la soberanía ya ha sido golpeada y la protección de Ceuta ha quedado en evidencia.
Hoy Sánchez, además, ha vuelto a blindar a Marruecos con una mano y a disparar contra todos los demás con la otra. Niega responsabilidades externas, reparte reproches internos y pretende que el problema se resuelva con relatos, no con hechos. Esa es la política de siempre: exculpar al vecino, culpabilizar al adversario y esconder la propia incapacidad detrás de una retórica cada vez más vacía.
Por eso no se trata de defender a Aznar ni al Rey. Se trata de algo más serio: de decir basta a una manera de gobernar basada en argumentos maquiavélicos, en la manipulación del dato y en el uso interesado de Ceuta como arma partidista. Si tanta cooperación hubiera existido, no estaríamos discutiendo visitas; estaríamos hablando de una frontera protegida y de una ciudad segura.
La pregunta sigue siendo la misma, y cada vez pesa más: si la cooperación con Marruecos era tan buena, ¿por qué Ceuta quedó desprotegida?





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