Sánchez y el arte de gobernar con espejos
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Hay políticos que administran un país y hay otros que administran el relato de administrarlo. Pedro Sánchez pertenece con naturalidad a la segunda especie: la del dirigente que no se limita a ejercer el poder, sino que lo convierte en una dramaturgia continua, una escenificación de sí mismo donde cada anuncio pretende ser una prueba de superioridad moral, cada cifra un certificado de excelencia y cada corrección una victoria sobre la adversidad. Su estilo no consiste en resolver problemas, sino en narrarlos de manera que parezca que ya han sido resueltos por la sola presencia del narrador.
Esa es, quizá, la clave de su método: no gobernar tanto como fijar el marco mental en el que se interpreta el gobierno. En ese terreno, el presidente es un mago hábil. No porque haga aparecer soluciones de la nada, sino porque sabe desviar la mirada del público justo cuando la complejidad institucional exige algo menos vistoso y mucho más honesto: coordinación, reparto de cargas, lealtad territorial, rendición de cuentas. Lo suyo no es la transparencia; es la destreza del ilusionista que convierte una obligación en un logro y un retraso histórico en una hazaña de última hora.
La dependencia ha ofrecido estos días una nueva escena de ese teatro. La política social, que debería tratarse con la gravedad de quien se ocupa de la fragilidad humana, aparece envuelta en el lenguaje del récord. Y ahí está el primer síntoma de la enfermedad del poder: cuando el cuidado se mide como si fuera una marca deportiva, el ciudadano deja de ser el centro y pasa a ser la excusa. No se anuncia una respuesta para aliviar una necesidad; se anuncia una jugada para reforzar una posición.
Pero la política no es baloncesto, aunque a veces Sánchez la gobierne como si lo fuera. En el deporte, el mérito de una canasta es visible, inmediato y verificable. En la vida pública, en cambio, una política social solo merece el nombre de tal cuando se sostiene en el tiempo, respeta el reparto competencial, reconoce a quienes ejecutan y no reduce la realidad a una foto con banda sonora épica. La dependencia no la sostiene un presidente en solitario, sino un entramado de administraciones, profesionales, cuidadores y comunidades autónomas que cargan con buena parte del esfuerzo real. Omitir eso no es un detalle retórico: es una forma de apropiación política.
Y aquí aparece la dimensión más seria de todo esto. Un Gobierno que convierte lo ordinario en excepcional para obtener rédito inmediato corre el riesgo de vaciar de contenido lo común. Un Gobierno que no sabe frenar la corrupción —o que llega tarde, o que la relativiza, o que se protege detrás de la propaganda— termina necesitando cada vez más gestos de autoridad simbólica para ocultar su debilidad moral. Y un poder que se acostumbra a hablar en registros de récord acaba perdiendo el lenguaje del humanismo, que es el único capaz de recordar que la política no consiste en ganar titulares, sino en no abandonar a los vulnerables.
Por eso el problema no es solo el exceso de narrativa. Es la clase de país que esa narrativa produce si nadie la corrige. Una España gobernable a golpe de eslogan puede parecer, durante un tiempo, una España eficaz. Pero en realidad es una España más dócil al cesarismo, más pobre en contrapesos y más distante del principio elemental de toda democracia decente: que el poder no se contempla a sí mismo, sino que sirve a quienes no tienen poder.
Sánchez domina el arte del espejo porque sabe que en él se refleja lo que el momento exige: firmeza, victoria, control, reacción rápida. Lo que no suele reflejarse es el coste de ese truco: la degradación del sentido institucional, la infantilización del debate público y la transformación de la política social en una liturgia de marketing. Y ahí, justamente ahí, es donde la democracia empieza a perder más de lo que una rueda de prensa jamás confiesa.






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